


Y como las tortugas, uno no olvida el lugar que lo vio nacer.
Hace 4 años y 13 días que he llegado a Brasil. Ya no sé si lo que me enraíza a este lugar es la tierra/ mi tierra, la gente…o el mar cálido del Noroeste que me vio nacer, como las tortugas de África. Dicen que las hembras nacidas en sus costas vuelven a cada año para la desova… y que no olvidan jamás el camino de vuelta a casa.
Mi apellido, Santana, tan conocido en Brasil, es reconocido en la Península Ibérica por aquellos que proceden de unas islas del Atlántico cercanas al continente africano.
Cuentan las malas leguas que mi abuelo, el Teniente Silvestre, recorrió las más de 1000 millas de las Islas a Galicia unas cuatro veces, una por cada hijo que tuvo con mi abuela Laurentina.
Y que mientras sus hijos eran criados en el frío del norte por la yaya Domitila ( una gallega que habiéndose criado durante la Guerra Civil Española, bendecía a aquellos niños como nunca lo hizo mi abuela) él, al sur, cruzaba el charco de cuando en vez para encontrarse con las cálidas pieles mulatas de Casa Blanca.
Hoy, después de que un alma dividida entre un océano y tres continentes comenzase a entender de qué va esto de “echar raíces”, me deparo con que la cosa no va de de tierras , raíces, océanos o mares, sino de las veces que cruzas el charco en busca de bendición.
“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca romper”, dice la leyenda.
“A diferencia de otras supersticiones amorosas, la japonesa no se limita a la pareja, ni a una sola persona a la que estemos destinados a encontrar. Habla de una suerte de ramificación arterial que surge de un dedo hacia todos aquellos con los que haremos historia y todos aquellos a los que ayudaremos de una manera u otra. Para la imaginación ontológica, el mito del hilo rojo es una manera de entender nuestro itinerario de encuentros como una trama predeterminada donde las relaciones de pareja, los roces íntimos y todas las pequeñas historias que enlazamos con otros no son triunfos ni accidentes del azar sino parte de un tapiz escarlata cuyos hilos nos fueron dados al nacer pero nosotros tejimos.”
Otros pensamos que la línea roja es más simple…tan simple como la que une Cuatro Caminos y Canal.
Quando começa uma guerra, o primero que se perde é a certeza.
Perde-se a certeza do agora, de que a noite segue ao dia… de que somos diferentes, de que o amor tudo vence e quem avisa não é traidor.
Quando começa uma guerra, o orgulho rende-se à dor, os preconceitos se apaixonam, as almas se perdoam, e a matemática raras vezes é exata.
E quando tudo passa, se passar (é claro), fica o tempo… que não sempre cura, que fica lento, mas também muda… e acelera na busca de um novo começo.
Quando você perde a certeza, a constante mudança é o que resta…mas nem você é tão sincero e nem eu tão honesta.
De los miedos y deseos (I parte)
El amor de pez, decían, es aquel que te alimenta y sacia tus necesidades y deseos. Aquel que rellena los espacios vacíos que fueron creados por tu historia. Es así que el pez que pescas y cocinas, muere y se da a ti… así lo recibes y te alimentas sin darle nada a cambio, sin completar el ciclo de vacíos y necesidades de ese pez, ese Ser.
Mas lo que no te dijeron es que en compensación a esa falta de retribución, encuentras vacíos en otros seres que tratas (consciente o inconscientemente) de rellenar del mismo modo que aquel pez hizo contigo.
Lo que no percibes en este ciclo que comienza a formarse, es que se fundamenta en el principio del equilibrio.
Y es en ese exacto instante en el que perdemos la consciencia del ciclo. Nos cegamos con nuestra dádiva al otro, a sus vacíos. Nuestra atención se centra en cómo el otro nos está recibiendo y rellenando sus vacíos; siempre en esa dirección, yo –> él. Dejo parte de mi Yo en él y eso crea un nuevo vacío en mí.
Sentimos ahora la necesidad de ser recompensados nuevamente por ese Yo que hemos dejado en el otro.
Queremos y creemos en nuestra falsa razón lógica, que ese mismo ser que nos recibió, se dé también de alguna forma a nosotros. Es aquí cuando sólo vemos el amor bidireccional de pez y adormecemos, sin la consciencia de que otro Ser dejó de existir por nosotros, nos completó, rellenó nuestros vacíos y se fue sin parte de su Yo dado a ti.
Igual que el pez que comemos o las dádivas de otros Seres que recibimos no son recompensadas de vuelta (de forma bidireccional); nuestras dádivas y pérdidas parciales de nuestro Yo, no tienen por qué ser recompensadas por el mismo Ser receptor.
El equilibrio de la dádiva es un ciclo; ni se crea ni se destruye, se transforma. Como el pez hizo al entregarse a nosotros. Así, el amor de pez es un paso para el despertar del Yo Colectivo (del ego al eco) y no solamente la saciedad bidireccional del Yo individual.
Mi padre fue siempre infieliz. Se le veía en la cara cada vez que llegaba a casa. Cada vez que se sentaba en el sofá patriarcal en ropas menores. Cada vez que se dedicaba a todo menos a su familia. Se le notaba cuando siendo yo niño y estando y no estando conmigo, se giraba a observar el trasero de todas aquellas que se cruzaban por su lado. Origen de traumas.
Ahora entiendo que no fuese queriendo ni querido. Que la infielicidad es inherente al ser humano. Que somos pobres de corazón. Que no entendemos nada. Que te duelen y te marcan. Que lo haces solo para que te entiendan, aun siendo raro.
Estarás en otros planetas y contarás historias de dolor y posterior edonismo. Historias que te podría contar de veinte añeras directas al corazón de cuarentones. Y mientras tanto yo infieliz. Incapaz de frenar mi irrefrenable deseo del que me quieran 20 años menos, dos ojos azules, cabellos rubios y ligeras pecas. Como supongo te pasó a ti. Como supongo que sería buscar el fin humano de que te quieran mientras follas como lo hacía el cíclope. Como tan doloroso como la infielicidad o sustituirme secuencialmente a base de opiáceos. Acabará matándote.
Y mientras tanto mi padre muerto no repara en Darwing ni en su especie de teoría. Maldita memoria a largo plazo. Maldita aura.
Dicen que las primeiras veces nunca son buenas; y que luego, con la práctica, empieza a gustarte. Debía ser como cambiar el cola -cao por el café, la cama de los padres por la tuya o Windows por Ubuntu…y así fue.
Hoy, tras varios años de café ya sin azúcar, asumo las escenas de aquella noche de agosto sin consentimiento. Recuerdo mis vaqueros cortos, mi blusa de lino azul y el asiento de atrás del golf blanco. Recuerdo su mirada mientras yo gritaba y su frialdad al ver “mamá” sonando repetidas veces en la pantalla de mi móvil mientras me embestía secando mis lágrimas.
Hoy, aún asocio aquel desgarro al placer que siento en la sodoma, y asumo la humedad de mis ojos cuando me dejan la marca de los dedos en la cara.
Sheila Mullen, 1977
(via temporadabaja)

His Girl Friday (1940)